Tres caras de la confrontación entre la democracia y el totalitarismo - (2009-08-30)
Miguel Posada
Documento sin título
Algún amigo me preguntó, cuándo, en mi
opinión, caería el Mono Jojoy. Le respondí lo obvio. Que
no se sabe cuando, pero que es cuestión de días o meses, no de
años. Lo mismo puede decirse de Alfonso Cano. Estos dos personajes ya
no están en capacidad de dirigir a las FARC. Están ocupados exclusivamente
en intentar sobrevivir un día más. No se pueden comunicar con
sus subalternos. Estos desertan por docenas cada semana de las filas de la organización
narcoterrorista.
Esta es una de las facetas de la lucha de Colombia por defender
su democracia contra el totalitarismo. Sin embargo, no es la única. Tuvimos
oportunidad de ver en estos días otras dos facetas. La primera la vimos
en su aspecto más repugnante. Un “comando” del INPEC irrumpió
en el Hospital Militar para llevarse violentamente a un paciente e internarlo
en la Cárcel La Picota. Se trataba del Coronel Luis Alfonso Plazas. En
forma violenta se trató a la esposa del paciente para inmovilizarla,
y luego con fuerza desproporcionada se maltrató al mismo Coronel. El
INPEC obedecía una orden de una juez; orden ilegal, porque la ley establece,
por razones obvias, que los militares no pueden ser confinados en las mismas
cárceles que los civiles. Dos días después fue necesario
llevara Plazas urgentemente al mismo hospital. El maltrato recibido había
sumido al Coronel en un estado de salud peligroso. ¿Hay alguna acción
legal contra la juez que violó la ley, o contra el INPEC que cumple,
a sabiendas, una orden ilegal? Ninguna. La cosa es peor. Se sabe que el trato
a otros militares recluidos en La Picota ha sido aún más humillante
y degradante. El caso Plazas es clara muestra de otra faceta de la arremetida
contra el estado democrático: la Guerra Jurídica. El mismo poder
ejecutivo, porque el INPEC es una dependencia del Ministerio del Interior y
de Justicia, participa gustosamente en la Guerra Jurídica contra la Fuerzas
Militares. Contra Plazas no hay ninguna prueba que resista el más mínimo
examen. Después de dos testigos en su contra que fue necesario descartar
por su obvia falsedad, el caso depende de uno aún peor. Es un tal Tirso
Sáenz, un delincuente condenado a 102 años de prisión.
Dice haber sido conductor de un Cascabel en los días de los hechos del
Palacio de Justicia. Falso. No había recibido entrenamiento para ello
y además en esos días estaba preso. Pero el asunto es todavía
más ridículo. El no dice ser testigo directo de hecho alguno.
Lo que dice es lo que le contó un tal Pinto. El misterioso Pinto no aparece
y nadie sabe quien es. Pero Saenz dice también que la juez Jara le hizo
ofrecimientos que el aspira a que se cumplan. ¿Una juez induciendo testimonios
con prebendas? En cualquier país serio esto es un delito de la juez que
daría para ella muchos años de cárcel. Pero en los casos
contra militares hay testigos falsos a montones, y no hay un solo proceso para
investigar a quienes los buscan e inducen a mentir. Ni uno sólo. ¿Si
las cosas siguen así, habrá algún militar dispuesto a seguir
persiguiendo a los monos Jojoy? La justicia está claramente en manos
de los enemigos de la democracia. Las acusaciones contra militares son, además,
un negocio de millones de dólares, pues las “víctimas”
y los abogados que acusan a los militares y prácticamente dirigen la
justicia se reparten un inmenso botín en indemnizaciones. ¿Que
puede hacer el ciudadano del común frente a esta amenaza? Por lo menos
denunciar y someter a los responsables al escarnio público.
Vimos también en estos días una tercera cara
del conflicto entre el totalitarismo y la democracia colombiana. Las máximas
autoridades del Polo partieron en peregrinación a donde los enemigos
de Colombia, Chávez y Correa, para alinearse con el proyecto expansionista
del dictador venezolano. Él mismo dijo que ellos eran su apoyo en ese
proyecto. Ya hace rato lo había admitido Piedad Córdoba. Gustavo
Petro, el más inteligente de los dirigentes del Polo, y el menos comprometido
con el Partido Comunista, se dio cuenta de que esa posición era un suicidio
político y se apartó cuanto pudo de ella. Queda claro, sin embargo,
que el Polo es la Quinta Columna de Chávez en nuestro país. Luego
vendría la pretendida encerrona de Bariloche. Los tres chiflados, Chávez,
Correa y Evo Morales, hicieron lo suyo. Uribe defendió bien la posición
de Colombia. La polémica es su fuerte. Y finalmente no pasó nada,
porque a Lula no le convenía que se desintegrara, sin haber acabado de
nacer, la base de poder geoestratégico que es Unasur para las ambiciones
de Brasil.
Todo esto nos recuerda que la lucha contra el comunismo es
internacional. Muchos creímos que la caída del muro de Berlín
y la disolución de la Unión Soviética demostraban el fracaso
de la ideología comunista y que esta enfermedad mental se acabaría.
No ha sido así. Sigue viva y haciendo daños.
Por eso tenemos que preocuparnos por algo más que la
captura o muerte del Mono Jojoy. Hay otras batallas que ganar, tanto o más
difíciles, para salvar la democracia, y esas no las pueden dar por nosotros
las Fuerzas Militares.