Otra vez Colombia - (2009-07-23)

Por Rocio San Miguel

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La construcción de la confianza mutua entre dos Estados fronterizos requiere gestos, discursos, y fundamentalmente hechos que en el tiempo consoliden circunstancias tan convenientes para quienes procuran cimentarla que sea ese el más importante anclaje que garantice su perdurabilidad en el tiempo. Lamentablemente eso no ha ocurrido entre Colombia y Venezuela en los últimos 10 años. Una década de sobresaltos en las relaciones bilaterales. Un divorcio estratégico de medios y fines que ¬más allá de lo creíble de una real confrontación armada¬ ha ido profundizándose en el tiempo.

En el campo ideológico, la Revolución Bolivariana es irreconciliable con la política de seguridad democrática. A pesar de que ambas restringen libertades fundamentales de los ciudadano en nombre de los fines que persiguen, la primera aspira a extenderse en el hemisferio, siendo la segunda un anclaje pragmático que tiene como radio de acción los límites de su propio territorio, aunque pueda actuar "con carácter preventivo" traspasando la línea internacional que la separa de otros Estados. Ocurrió con Ecuador. También con Venezuela a través de medios más sutiles en el caso "Granda".

En el campo de las alianzas estratégicas, Colombia ha definido para los próximos 50 años a los Estados Unidos. Venezuela, hasta el 2013, zigzaguea entre los chinos, los rusos, los bielorrusos y los iraníes. Cuatro Estados geográficamente lejanos, que aunque enemigos de Estados Unidos, no estarían dispuestos a involucrase en una aventura belicistas de Venezuela con Colombia, más allá de una relación crematística de venta de armas, repuestos y tornillos.

En estos diez años, la amenaza de mover 10 batallones venezolanos a la frontera con Colombia causó hilaridad a muchos. Sin embargo, han sido numerosos los disparates que históricamente han devenido en guerras. El último incidente entre ambos países que ciertamente socava todo resquicio de confianza, es la presencia estadounidense en cinco bases militares colombianas: Cartagena, Barranquilla, Bahía Málaga, La Dorada y Apiay, con suficiente radio de acción para detectar un alfiler en el centro de Caracas, las playas de Sucre o una hormiga en la cúspide del Autama. Las bases militares incorporarían soldados estadounidenses y contratistas, también radares, aviones espías, sistemas de transporte de tropas, armamento de última generación y material pesado, en el marco de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Una conveniente excusa para ocupar a los militares colombianos, próximos a quedar sin actividad, con el fin del conflicto interno en Colombia.
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