"EL MÁS POPULAR Y EL MÁS SOLO" - (2009-01-08)

Plinio Apuleyo Mendoza - El Aguafiestas

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Tonado de CARAS

A la hora de escribir esta página, podría hablar del luminoso otoño de Madrid, de los enjambres de turistas chinos que ahora encuentro en las calles, de libros, exposiciones, encuentros  o personajes de moda. Pero no hay remedio, tengo una vocación de aguafiestas, y en vez de cosas más amenas, debo darle salida a una preocupación que me acaba de dejar mi amigo Fernando Londoño "Tiempos felices, que, por felices se fueron", leo de pronto en una amarga columna suya. Según él todo lo hecho por el Presidente Uribe, para rescatarnos del horror en el que estábamos sumergidos empieza a derrumbarse por obra de una monumental injusticia. ¿Será verdad?

Lo cierto –todos lo comprobamos cada día- es que al presidente se le dispara con ferocidad desde casi todas las columnas de diarios y revistas. "Se desploma el régimen", escribe tranquilamente otro colega y amigo, Pedro Medellín. La corrupción -dice- ha invadido todos los ámbitos de la función pública. Las Fuerzas Armadas están vistas con negros tintes por los "falsos positivos"

y sus vínculos con el narcotráfico y los paramilitares. El desprestigio roe los partidos, la justicia, el Congreso, el afán de enriquecimiento a cualquier precio desquicia nuestra vida económica. En fin, todo lo que estamos viendo sería una real catástrofe.

Pedro dice en forma más contundente lo que también aseguran  desde sus columnas semanales un buen número de colegas. ¿Será la suya una legítima expresión de la opinión pública? Pues depende de lo que llamemos opinión pública. Porque si uno  -así viva lejos del país como es mi caso-  le pide a cualquier colombiano raso su opinión, encuentra que la popularidad del presidente permanece incólume. Lo confirman las encuestas. Es el más popular de todos los mandatarios que hemos tenido en nuestra historia y lo es también en el continente.

¿Cómo explicarlo? No es difícil. Basta recordar lo que vivimos antes de que él llegara al poder. Los colombianos permanecíamos secuestrados en las  ciudades por temor a las "pescas  milagrosas" en las carreteras; 350 alcaldes huían de sus pueblos, cilindros explosivos pulverizaban poblaciones; había más de tres mil secuestrados por año; la guerrilla empezaba a cercar a Bogotá y se movía como un ejército, en una guerra de posiciones, con columnas de más de mil hombres. Era una guerrilla triunfante. Ahora, golpeada como nunca, capturados o dados de baja un buen número de sus comandantes, ha vuelto derrotada a sus refugios selváticos. La operación "jaque" dejó al mundo entero con la boca abierta. Cada año disminuye el número de homicidios y secuestros, el crecimiento económico ha mantenido hasta ahora buenos índices y Colombia es uno de los tres países del continente más atractivos para el inversionista extranjero.

En fin, todo esto es algo que en los últimos 40 años ningún presidente había logrado. Entonces, ¿por qué las críticas a Uribe suben hoy de tono y se propagan en el exterior hasta el punto de que un Fernando Londoño, conocedor  como nadie de sus logros,  llegue a pensar que los tiempos felices ya se fueron? Sin duda él se refiere a la manera como la pasión antiuribista está explotando en su contra, como nunca, los últimos escándalos. Se trata, claro, de una gran injusticia.

Tomemos dos ejemplos. El escándalo de los "falsos positivos" y el de las pirámides. El primero reveló ciertamente una realidad atroz, repugnante; la de muchachos asesinados para presentarlos como guerrilleros dados de baja. Pedro, no es justo poner en el banquillo, como política suya, a unas fuerzas militares que han luchado heroicamente contra el terrorismo. Basta visitar el pabellón del Hospital Militar lleno de muchachos con las piernas amputadas por las minas para saber el precio que les impone su solitario combate. Tampoco es justo culpar al Estado o al propio presidente de hechos que nunca llegó a imaginar, empeñado, como lo estuvo siempre, en imponer en las acciones militares un celoso respeto a los derechos humanos. No son crímenes de Estado sino, al contrario, crímenes castigados con severidad por el Estado.

También es injusto responsabilizar al presidente y al gobierno del escándalo de las pirámides y el de DMG. Las medidas adoptadas no pueden ser más severas, como lo fueron en el caso de los "falsos positivos". Si hubo negligencia, ésta corre por cuenta de la Fiscalía que no adelantó en el primer caso las necesarias investigaciones y en el segundo, las denuncias recibidas. Pero la pasión opositora de los más célebres columnistas del país prevalece sobre el análisis frio de los hechos. Hay en lo suyo algo de canibalismo. Con tal de encender hogueras mediáticas bajo los pies del gobierno, pasaron por alto infinidad de injusticias que se han cometido con senadores partidarios suyos y con militares víctimas de falsos testigos.

Tenemos un presidente de una pulcritud fuera de dudas, exigente, empeñado, como nadie en enfrentar el terrorismo, el narcotráfico, la corrupción, el desempleo y la pobreza; un presidente combatido como ninguno por los llamados voceros de la opinión y sin embargo, también como ninguno, apoyado por la opinión rasa del país; un presidente sin reales soportes en el mundo político y por ello mismo tremendamente solitario. El más popular de los mandatarios latinoamericanos latinoamericanos es el más solo y el más combatido, paradoja propia de un país tan extraño como el nuestro, donde el éxito de una gestión y el empeño de sacar una nación adelante provocan en figuras relevantes de la prensa venenosas secreciones.

 
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