El Ejército, ¿cuándo no? - (2008-12-19)
Alvaro Valencia Tovar
Documento sin título
Tomado de El Tiempo
"¿Por qué será ese rencor, esa rabia de muchos señores del Congreso, otros tribunales y de los paisanos de alto rango contra los jefes del Ejército más obediente y de más disciplina que se ha visto jamás?" La frase amarga no la pronuncia un general de hoy, ni un oficial de "alto rango" de nuestra Colombia contemporánea, sometido a los vejámenes, la acusación precipitada, la avidez publicitaria de funcionarios del Ejecutivo, los organismos de control, jueces en plan de nombradía o columnistas de prensa. La escribió hace 183 años el héroe de Pichincha y Ayacucho José María Córdova, con cargas heroicas a la cabeza de sus hombres, en carta a José Manuel Restrepo enviada desde Bolivia en 1825, cuando se le llamó a juicio por supuestos abusos de autoridad contra subalternos indisciplinados.
La historia se repite en nuestra época, en medio del sangriento conflicto armado de más de medio siglo, que ha causado profundo deterioro a la moral pública y a los propios estamentos gobernantes invadidos por la corrupción rampante, destruida la ética ciudadana, con el honor convertido en antigualla poco menos que risible. Víctimas de una guerra política en la que nadie cree, se presta más credibilidad al bandido, al perdulario, al criminal de todos los matices que al militar que cumple años de servicio en defensa de la legitimidad y de la ley.
La generalización entra a funcionar ante cualquier falla o hecho delictuoso, aun antes de que la investigación, no siempre imparcial ni justa, haya producido la evidencia en torno al hecho. Así se destruyen carreras meritorias, se lesionan prestigios, se mancilla el honor donde, precisamente, ese mandato de la propia conciencia, recta e irreprochable, es la esencia suprema del servicio a un ideal. Por ese hecho, real, exagerado o inexistente, se mide la institución militar en su conjunto. El Ejército conquista en años de esfuerzos intensos, de entrega total, de indescriptibles sacrificios que incluyen una operación de reconocimiento universal en la que no se vierte una gota de sangre ni se sacrifica una vida.
Pero basta el acto criminal de unos pocos para que todo aquello se olvide y el descrédito cubra a la institución. Escritores públicos llegan a afirmar que el Ejército se ha convertido en pandilla de delincuentes y asesinos. Un columnista de El País de Cali afirma que en la Operación 'Jaque' el Ejército liberó un grupo de secuestrados pero perdió el honor, porque un integrante del cuerpo de rescate exhibió un distintivo de la Cruz Roja Internacional en el acto de liberación. De ninguna manera se pretende que éxitos resonantes amparen la comisión de delitos de cualquier clase, mucho menos si revisten características atroces contrarias al Derecho Internacional Humanitario o a lo que antes llamábamos Derecho de Gentes.
Pero sí demandamos aplicación del debido proceso dispuesto por ese mismo Derecho y por la Constitución hasta para los más despreciables delincuentes. Con las mismas razones, aspiramos a que no haya precipitud ni ligereza de gobernantes impetuosos, que se apresuran a incriminar y destituir ante informaciones no confirmadas ni debidamente investigadas. La destitución hecha a la ligera causará daño irreparable sin rectificación ni reversa. Así hemos perdido a generales y oficiales de alta graduación que costó años formar, curtidos en el combate irregular empleado por los que se dicen guerrilleros, para quienes algún día habrá amnistías e indultos, al paso que se proseguirá implacablemente a oficiales del Ejército que fueron héroes y que ven a sus enemigos en posiciones otorgadas por el Estado que pretendieron destruir.
Si las heridas provienen de personajes del Estado que se defiende, el golpe ofende y desmoraliza en el propio corazón institucional. Expresiones de excusa ante instancias internacionales no deberían reforzarse con adjetivos hirientes contra el Ejército, que ha hecho posible el éxito de la política de Seguridad Democrática. Culpar a 250.000 hombres por lo que haga un puñado de criminales, no solo resulta injusto y ofensivo, sino altamente desmoralizador.