La elección de Barack Obama - (2008-11-08)
Miguel Posada Samper
Documento sin título
La elección de un hombre de color, hijo de un extranjero africano, a la presidencia de los Estados Unidos, tiene significados en planos muy diversos. Como fenómeno sociológico es una señal clara de que quedó atrás, como factor definitorio, el problema racial en ese país. Curiosamente, fue el gobierno Bush, del vilipendiado George W. Bush, republicano, donde hasta ahora gentes de color habían llegado a cargos más altos en el gobierno. Bush nombró a dos personas de color, primero a Colin Powell y luego a Condoleeza Rice, como secretarios de Estado, o sea ministros de relaciones exteriores. Hace treinta años estos nombramientos, así como la elección de Obama, habrían sido impensables. El Presidente de los Estados Unidos era, necesariamente, un varón blanco y protestante. Kennedy rompió el paradigma del protestantismo, pero faltaba romper la barrera del color.
Otros significados nada tienen que ver con el color de la piel. El primero es que los votantes eligieron a una persona que no acredita ninguna experiencia en el ejecutivo y muy poca en el Senado. Su discurso es impreciso: el cambio. Así, Obama se convirtió en el “mana”. Cada quién creía lo que le parecía sobre ese tal cambio. Un segundo aspecto, es que los electores pasaron por alto las muy dudosas amistades del candidato; amistades que en otra época habrían dado al traste con una candidatura. Obama es amigo de un pastor extremista que destila odio hacia su propio país y del jefe de los terroristas Weathermen de los años 70. El carisma del candidato y el deseo de cambio de partido pudieron más que estos inconvenientes. Esto talvez revela que hay un relajamiento general de la moral. Finalmente, se demostró que el electorado de hoy, supuestamente maduro, está dispuesto a aventurarse en lo desconocido.
La campaña también fue una muestra del sesgo “liberal”, que allá significa izquierda, de la prensa. El contrincante, John McCain es una figura mucho más respetada dentro del Senado que Obama. McCain es además un héroe de guerra de carácter bien conocido. Pero la prensa escogió, con contadas excepciones, a Obama. Su breve carrera en el Senado se ha caracterizado por posiciones de izquierda intervensionista.
La pregunta que surge es: ¿En el sistema americano, cuanto cambio puede imponer la voluntad del Presidente? A pesar de que contará con amplias mayorías en el Congreso, estará siempre obligado a mantenerse dentro de los límites de la Constitución. Y esa es una limitación real e importante, porque a diferencia de la Colombiana, la carta de Estados Unidos es concreta en aspectos claves como la libertad undividual. Tampoco se puede olvidar que Estados Unidos es una Federación donde los Estados retienen mucho poder.
La elección, sin embargo, es muy importante fuera de los Estados Unidos. En la Política Internacional el Presidente tiene más autonomía que en la política interna. La inexperiencia del señor Obama en este campo es absoluta. Resulta obvio que personajes como Putin, Almadinejad, Castro, Chávez, etc., intentaran aprovechar esa debilidad y pronto medirán el temple del nuevo Presidente.
Colombia, concretamente, no puede esperar nada bueno del nuevo gobierno. Ya en la misma campaña Obama se pronunció en contra de los tratados de libre comercio, y en particular frente al firmado con Colombia. Demostrando su ignorancia, y revelando su sesgo de izquierda, repitió las mismas falsedades con relación al asesinato de sindicalistas que fueron a difundir en Estados Unidos los sindicatos marxistas colombianos y personajes como Gustavo Petro y Piedad Córdoba. En el nuevo gobierno recuperarán influencia los amigos de la subversión como Vivanco de Human Rights Watch, Amnistía Internacional, Wola, etc., y por su intermedio, las ONG colombianas proclives a las FARC.
El efecto sobre nuestro país no será inmediato. En materia de comercio están vigentes las preferencias del APTDEA. El cambio de funcionarios medios en el Departamento de Estado tomará algunos meses. Pero debemos prepararnos para dar la batalla en los mercados sin TLC, compitiendo con países que si gozan de tratados de libre comercio. Y nos debemos hacer a la idea de que habrá que proseguir la guerra contra el narcoterrorismo sin ayuda de Estados Unidos. Es probable que algunos programas en curso se mantengan hasta el agotamiento del presupuesto aprobado, pero la renovación el año entrante tendrá dificultades, y la ayuda, menor sin duda, tendrá otros condicionamientos y destinos. Esto no es algo que Colombia pueda manejar a través de simple habilidad diplomática. Es un problema ideológico. Con Obama llegaron al poder, si se quiere poner en términos claros, quienes simpatizan en mayor o menor grado con la subversión. Es más, el gobierno debe estar alerta para evitar que los dineros de Estados Unidos se canalicen hacia el enemigo, a través de las ONG que soterradamente apoyan a las FARC. Eso ya ocurre con la “ayuda” de la Unión Europea.
El Plan Colombia representa mucho en la lucha contra la subversión. Lo que se perderá no es únicamente el dinero, entre un 15 y un 20% de los recursos de defensa, sino posiblemente el acceso a tecnología de detección y desencriptación de comunicaciones, helicópteros, etc. Estaremos solos ante un enemigo apoyado por Chávez y Correa, enfrentando a una subversión, especialmente la de cuello blanco, que domina una buena parte del aparato judicial del país. En Nicaragua y El Salvador los partidarios de la libertad enfrentaron situaciones parecidas durante el gobierno de Jimmy Carter. En ese entonces algunos funcionarios de las embajadas de Estados Unidos eran claramente proclives a los sandinistas y a la subversión salvadoreña. Aquí también vivimos actitudes similares en la época de los embajadores Frechette y Kamman. El gobierno en ese entonces no fue plenamente consciente de las actividades de estos funcionarios ni del daño que nos hicieron.
Lo primero que tenemos que hacer para sortear estos vendavales es ser concientes de la situación. Malos vientos soplan desde el norte el oriente y el sur de nuestro país.